Silencioso y exacto, casi un penitente de la poesía, editor cabal y amigo dedicado y delicadísimo de muchos de los inmortales recientes de la literatura española, Chus Visor se fue del mar de Sanlúcar de Barrameda, adonde su familia y sus amigos habían esparcido las cenizas de José Manuel Caballero Bonald, con un clavel blanco que no dejó en todo el día, quizá hasta que se marchitó entre sus manos. Entre los gestos conmovedores, y también alegres, delicados, de ese jueves en que se cumplió el deseo del poeta de desaparecer en esas aguas a las que dedicó su inspiración y su inteli...